Jorge Eduardo Arellano
ENTRE LOS poemas preciosos, adjetivo con que calificó Rubén Darío algunos de José Martí en su crónica “La insurrección en Cuba” (La Nación, Buenos Aires, 2 de marzo, 1895, dos meses antes de la caída de Martí) el más destacado fue “La Niña de Guatemala”, de carácter autobiográfico, muy conocido y recitado en la Nicaragua del siglo XX. Dice así:
Quiero, a la sombra de un ala, / contar este cuento en flor: / la niña de Guatemala, / la que se murió de amor. // Eran de lirios los ramos; / y las orlas de reseda / y de jazmín; la enterramos / en una caja de seda… //
Ella dio al desmemoriado / una almohadilla de olor; / él volvió, volvió casado; / ella se murió de amor. // Iban cargándola en andas / obispos y embajadores; / detrás iba el pueblo en tandas, / todo cargado de flores… //
Ella, por volverlo a ver, / salió a verlo al mirador; / él volvió con su mujer, / ella se murió de amor. // Como de bronce candente, / al beso de despedida, / era su frente ¡la frente / que más he amado en mi vida!… //
Se entró de tarde en el río, / la sacó muerta el doctor; / dicen que murió de frío, / yo sé que murió de amor. // Allí, en la bóveda helada, / la pusieron en dos bancos: / besé su mano afilada, / besé sus zapatos blancos. //
Callado, al oscurecer, / me llamó el enterrador; / nunca más he vuelto a ver / a la que murió de amor.
La niña se llamaba María García Granados Saborío y Zavala, fallecida en la flor de su edad el 10 de mayo de 1878, tras languidecer al enterarse del compromiso de contraer matrimonio que Martí tenía en México con Carmen Zayas Bazán y pronto casó con ella, heredera del gran capital de su padre. Al poco tiempo, la abandonó dejando en su poder un hijo.
¿Cómo era entonces el rostro de Martí? Joaquín Zavala Urtecho, en la historia de su familia vasco-centroamericana (volumen I) de su Revista Conservadora del Pensamiento Centroamericano (núm. 111, diciembre, 1969, p. 220) lo describe citando una fuente de la época: “José Martí conoció a María trajeada de egipcia, en uno de esos bailes de fantasía que estaban de moda en Guatemala, una noche en la casa de Miguel García Granados [1809-1878]. Quedó extasiado. Pálido, nervioso, de cabello oscuro y ondeado, de bigote espero bajo la nariz apolínea, de frente muy ancha, de pequeños y húmedos ojos, muy fulgurantes, de fulgor sideral. El anfitrión, don Miguel, congeniaron aquella misma noche ––agrega dicha fuente–– y desde entonces congeniaron con frecuencia en la lucha del tablero como empecinados jugadores. Martí ––de 24 años––, tenía desde México, ejecutorías de as, Don Miguel era el campeón de Guatemala. Cuando él se retiraba a sus habitaciones, Martí y María se quedaban con frecuencia solos y de ahí nació el famoso idilio platónico del que tanto se ocuparon los poetas”.
¿Y cómo era la niña de Guatemala: María, sobrina del expresidente García Granados? “Alta ––la describe Zavala Urtecho––, superando en estatura a las proporciones de su edad; delgada y flexible; dos trenzas opulentas rodaban por su espalda hasta más debajo de cintura; partido en bandas el cabello brillante, negro y ligeramente ondeado; el cutis, de palidez transparente, le imprimía una misteriosa espiritualidad; los ojos grandes, oscuros, pese a su languidez soñadora, dejaban adivinar la llama romántica en que ardía aquel ser sensitivo y vibrante”.
